Seguir caminando

22 Mar

Soy de aquellas personas a las que les gusta sentir todo, estar siempre bien arriba, o armar un melodrama, para después reírme. No se me dan los puntos medios. El desierto de no sentir nada llegó a darme miedo, como si en él, todo es fuera posible y yo quedase desprotegida y expuesta a agarrar todo lo que me hace mal.

Por eso creo que mis peores crisis de fe se dieron en momentos en los que era incapaz de sentir, que todo me resultaba indiferente. Al tiempo- por suerte- venía un shock, una experiencia fuertísima que me dejaba bien arriba y sacaba todo tipo de duda.

No creo que sea la única a la que le moleste mucho “no sentir nada”,  vivimos superestimulados con mensajes de que las cosas “hay que sentirlas”,  que hay que vivir al máximo y ese vivir se traduce solo a las emociones y a los sentidos. Tanto así que la incapacidad de sentir muchas veces lleva al vacío o a la depresión. Si no lo sentimos, no vale. No hay ideas, cosas por las que vivir.

Hay una canción de misa que dice “para que mi amor no sea un sentimiento” (en mi Getsemaní). Confieso que en algún momento me confundió, ¿Si amar no era sentir entonces qué era? Con el tiempo fui aprendiendo.

Amar es mucho más que sentir, es actuar, valorar, entender y muchas cosas más que difícilmente se pueda poner en palabras. Tiene que ser más, de lo contrario sería un simple capricho.

Lo mismo pasa con vivir, o tener fe. De hecho, analizando mis “bajos de fe” me doy cuenta que cuanto menos siento, más fe tengo. Porque tener fe (en cualquier cosa) es confiar, y actuar en consecuencia. Claro que en muchos casos esa confianza parte de un sentimiento fuerte que en algún momento tuvimos, o de un encuentro inexplicable, o de algo que razonamos y que nos cerró (o todo esto junto), pero nunca es emoción pura.

Obviamente me encantaría ser una bola de energía todo el día bien arriba con ganas de hacer cosas. Pero a veces no queda otra que acordarme. Acordarme de lo un día me ilusionó, me emocionó, me motivó. Más que nada acordarme de en que creo y por qué cosas vale la pena luchar. Y meterle para adelante. Seguir caminando, no por inercia, sino porque hay algo que me mueve.

Seguramente en medio de esa caminata, volvamos a encontrar eso que tanto buscábamos.

¿El poder de las palabras?

11 Feb

Oveja Negra

Voy a ser políticamente incorrecta y decir que el caso Tania Ramirez me tiene cansada. No porque no me parezca gravísimo que maten a palos a una chica hasta el punto de dejarla internada , sino por la lamentable forma en que, en muchos casos lo trataron los medios, consiguiendo, en una suerte de síndrome Intrusos, declaraciones de cuanto pariente lejano e indignado de los dos bandos se cruzaron, discutiendo hasta el cansancio los pormenores de una pelea de boliche (si fue racismo, si no, quién relajó antes a la otra, si le dijo chango, etc.). Me parece que entre tanto periodismo barato se pierde lo que de verdad es importante, y lo bueno que puede salir de todo esto.

Lo bueno es que las cosas se hablen, los problemas de verdad, y no los pormenores de un caso individual que en vez de aportar, distraen.

En este caso el tema en boca fue la discriminación.

Quizás no todos veamos discriminación en los mismos hechos, pero la realidad es que, en mayor o menor medida, todos la padecemos. Somos víctimas y victimarios muchas veces sin saberlo. Se nos juzga por nuestro barrio, nuestra religión, nuestro color de pelo, nuestro color de piel, la cantidad de buenas o malas obras que hacemos, nuestra clase social. Por más que pontifiquemos en contra de la discriminación, no creo que nadie esté totalmente libre de ella. Específicamente cuando surgió el “episodio Tania”, vi como muchos quienes públicamente despreciaron a mi religión más de una vez, hablar pestes sobre los racistas, o aquellos que discriminan. Obviamente es más fácil practicar el síndrome yo-yo y ver donde más nos duele. Yo también juzgo, y discrimino. Muchas veces de manera inconsciente, sin querer. Otras como mecanismo de defensa (cómo olvidar aquel día en que intenté no juzgar a unos chicos de aspecto “plancha” y me robaron, difícil es salir de esa.).

La realidad es que los prejuicios duelen, no solo a sus víctimas, sino que, más que nada a quienes los poseen. Sentir el prejuicio de algo de lo que somos sobre nuestra espalda, nunca es bueno y hasta puede llevarnos a sentirnos avergonzados de lo que somos o a querer ocultarlo. Pero tener prejuicios veces evita que aprendamos de los demás y que descubramos a más de una persona que vale la pena. La diversidad siempre enriquece  y más de una vez, podemos descubrir lo mucho que, a pesar de todo, tenemos en común. La mejor manera de combatir los preconceptos es aceptar que están ahí y ver de dónde nacen. Por lo general creo que son un mecanismo de defensa, nacen del miedo, a lo desconocido, a que cambie el status-quo o de repetir alguna mala experiencia en el pasado.

Seguramente muchos habrán escuchado sobre la campaña que busca eliminar del diccionario de la Real Academia Española la expresión “trabajar como un negro”. Si bien creo que es una campaña bienintencionada y efectiva en el sentido de que generó discusión sobre un tema, creo que está equivocada. No podemos meter el problema abajo de una piedra y pretender que no existe. Tampoco conviene cortar las ramas, olvidándonos de las raíces. Creo en el derecho de los colectivos a defender sus derechos y gritar cuando algo los ofende (después de todo es la única manera de que muchos se enteren de la carga de sus palabras). Pero la discriminación más dura y más dolorosa es aquella que se esconde en las intenciones y en la mente de aquellos que la practican. Y no se borra eliminando expresiones y palabras. De hecho, quizás, las palabras sean el testimonio más fuerte de aquello que existe, y eliminarlas sería hacer de cuenta que algo que está, no está, haciéndolo mucho más difícil de identificar y de combatir.

Por eso todo lo “políticamente correcto” me genera un cierto rechazo; no solo nos lleva al riesgo de convertir nuestras opiniones y palabras en algo insípido y prefabricado, sino que conduce a una falta de sinceridad. Muchas veces evita que identifiquemos los problemas, o que discutamos los temas ante el miedo de caer en incorrección de algún tipo. Prefiero que expresen su odio, o su rechazo, o su miedo. Prefiero dejar de tratar al que discrimina o practica algún tipo de incorrección como un “monstruo” y horrorizarme cuando yo también discrimino. Mejor aceptarlo, tratarlo como algo muy indeseable pero natural. Y así entender las causas, y saber de verdad contra qué combatimos.

M.

¡Hola 2013!

26 Ene

https://nificcionnirealidad.wordpress.com

¡Otro año más! y con él nuevas recapitulaciones y resoluciones. No me gusta la idea de que todo pueda cambiar de un día para el otro, y hace tiempo que dejé de creer en las soluciones mágicas (por más que de vez en cuando me gusta creer que hay cosas asombrosas a la vuelta de la esquina); pero tomarse un tiempo para bajar un cambio, ver donde estamos parados, y a donde queremos llegar nunca viene mal. Aunque muchas de las metas que nos propongamos parezcan difíciles de alcanzar soy de la teoría que es mejor plantearse las cosas y hacer nuestro mejor esfuerzo para que salgan que ni siquiera pensarlo.

Este año fue un poco distinto a los anteriores, y no solo porque- por primera vez desde que recuerdo- arranqué el año con una casi megatormenta. Me dí cuenta de muchas cosas que se perdieron por el camino, y que- quiera o no- estoy de a poquito entrando al mundo de los adultos.

Por más que jorobe más de una vez con que sufro de síndrome Peter Pan me parece que no tengo miedo a crecer. Sí, me da un poco de nostalgia lo que queda atrás, pero en medio tanto cambio me motiva a pelear para que permanezca lo que de verdad vale la pena.

Algo que sentí que cambió  bastante este año fue mi manera de encarar mis resoluciones de fin de año (que siempre intento hacer, por más que se que en muchos casos a la hora de cumplirlas me quede corta). La verdad que, en estos momentos en los que se supone que debería tener las cosas un poco más claras y mi “vida” un poco más armada, no tengo ni idea como va a terminar mi año, ni como quiero que termine. Las dudas sobre el futuro no dejan de aparecer, e incluso en relación a las metas en las que estoy un poco más convencida siento que nada es seguro, que planteármelas solo significa poner mi máximo esfuerzo y dejar que Dios- si es su voluntad- haga lo suyo. Cada vez son menos las cosas que dependen solo de mí.

Lejos de ver esto como algo negativo, creo que si tomamos la incertidumbre con la actitud correcta puede hacer de la vida un poco más fascinante y abrirnos a todas sus posibilidades. ¡Qué aburrida sería la vida si pudiéramos planear todo y tenerlo bajo nuestro controlPor eso una de mis resoluciones es dejar que la vida me sorprenda siempre. Porque a pesar de que odie las soluciones mágicas, la niña que sigue en mí sigue creyendo en la magia. Creo que si nos esforzamos- o capaz dejamos de esforzar- podemos descubrir cosas espectaculares a nuestro alrededor, solo tenemos que estar preparados para disfrutarlas.

También un año más pido seguir creciendo en autenticidad y en sinceridad. Si bien en algunos aspectos siento que me voy afianzando, también surgen las amenazas  las voces disonantes que me quieren sentir menos por no adaptarme a su modelo; a veces por miedo a chocar o a tener que dar explicaciones callo mis verdades, corriendo el riesgo de olvidármelas. En medio de tanta incertidumbre creo que es cada vez más importante cuidar y fortalecer lo que somos (que quizás sea lo único sobre lo que tenemos un poco de control) para darle un sentido a todo lo que nos pasa y no dejar que, entre tantas experiencias distintas, la corriente nos lleve a donde ella quiera.

¡Feliz 2013!

♥♥♥

M.

Conservar la alegría

25 Nov

Vengo con un defecto de fábrica: sonrío demasiado.  Esto no es algo de lo que sea del todo consciente,  sino más bien un gesto que a veces me sale por default, y que más de una vez me han hecho notar.

En ocasiones viví esto como una desventaja. Me da la sensación que la sociedad- esa que somos todos pero en realidad no es ninguno- prejuzga a quien sonríe mucho: o son falsos, o poco inteligentes, quizás un poco ingenuos, ciegos a todos los problemas que hay en el mundo. Por otra parte en la escalera al éxito se valora a quienes son serios, formales, hasta un poco desconfiados.

Con el tiempo me fui encariñando con esta característica. Considero un privilegio no haber perdido las ganas de sonreírle a la vida a pesar las cosas malas que me tocó ver y vivir. Hoy me planteo como desafío que estirar los cachetes no sea solo una mueca automática, sino que una actitud frente a la vida que me acompañe siempre.

Creo de verdad que una sonrisa auténtica puede cambiar al mundo, tanto cuando la damos como cuando la recibimos. Nos invita a ser más alegres, a disfrutar más y preocuparnos menos. Nos empuja a confiar en que pesar de todo vida vale la pena ser vivida; a seguir y seguir caminando, porque algo bueno siempre se encuentra, y si no lo encontramos, lo inventamos.

A su vez, la alegría abre puertas. Puede que con el paso de los años conservar la sonrisa nos convierta en una rara avis, un bicho extraño, que no aprendió que la vida es un valle de lágrimas o que se olvidó de entrar en el mundo serio de los adultos. Pero estoy convencida de que si le sonreímos a la vida, a la larga, la vida nos va a sonreír; y que si nos comprometemos a regalar sonrisas sinceras a quienes nos rodean, podemos superar muchos de los muros que nos separan.

M.

“¿Y cuando no se tiene la menor gana de sonreír? Entonces hay que hacerlo doblemente: porque lo necesitan los demás y lo necesita la pobre criatura que nosotros somos. Porque no hay nada más autocurativo que la sonrisa. “La felicidad -ha escrito alguien- es lo único que se puede dar sin tenerlo”. La frase parece disparatada, pero es cierta: cuando uno lucha por dar a los demás la felicidad, ésta empieza a crecernos dentro, vuelve a nosotros de rebote, es una de esas extrañas realidades a las que sólo podemos acercarnos cuando las damos. Y éste puede ser uno de los significados de la frase de Jesús: “Quien pierde su vida, la gana”, que traducido a nuestro tema podría expresarse así: “Quien renuncia a chupetear su propia felicidad y se dedica a fabricar la de los demás, terminará encontrando la propia”. Por eso sonriendo cuando no se tienen ganas, termina uno siempre con muchísimas ganas de sonreír.”

— José Luis Martín Descalzo “El Arte de dar lo que no se tiene

Nuestra Hipocresía

18 Oct

Hoy se legalizó el aborto en el Uruguay. Algunos festejan como si hubiéramos ganado la Copa América. A mi me pone triste.

El tema está lejos de quedar saldado. Quienes están a favor de la despenalización y legalización seguramente busquen promover una ley menos “blanda” que la que aprobó hoy el Senado. Quienes están en contra buscarán todos los mecanismos para que la ley desaparezca. En cuestiones que dividen tan profundamente a nuestra sociedad es difícil- si no imposible- llegar a un acuerdo.

Se acusa mucho de hipocresía. Sin embargo, creo que en este tema todos (o casi), sin importar de que lado estemos, somos un poco hipócritas. Nos apasionamos en discusiones cada vez que aparece el aborto en la agenda o que surge en una discusión, pero en el día a día nos olvidamos.

La realidad es que las mujeres abortan. Según las estadísticas que se manejan son decenas o cientos las que abortan por día en el Uruguay, en mejores o peores condiciones. Esta realidad va a seguir siendo así, sea legal el aborto o no. Se podrá especular con que algunas cosas van a cambiar para bien o para mal de acuerdo a la situación legal, pero la realidad es que ninguna decisión provee una solución mágica.

En vez de discutir eternamente sobre si el aborto debería ser legal o no, o de aprobar y derogar leyes según la conciencia e ideología del partido de turno, deberíamos buscar las preocupaciones y los aspectos que nos unen. Buscar soluciones reales y que integren los distintos puntos de vista. Todos- o la mayoría- estamos de acuerdo que el aborto es un mal, pero los intentos por buscar soluciones para que las mujeres no se vean en la situación de tomar esa decisión, y que protejan y den opciones alternativas a las que sienten que no les queda otra, son muy pobres. Leyes de protección a la maternidad se archivan. Nuestro sistema de adopciones es un desastre. La educación sexual deja mucho que desear.

La gran hipocresía está en decir que nos preocupan las mujeres y los niños que nacen y no exigir soluciones reales; en tomar a la legalidad o ilegalidad del aborto como una pastilla que tranquilice nuestra conciencia.  Como si una situación legal fuese la solución mágica al problema y nos exonerase de todo tipo de responsabilidad.

M.

Transformando el llanto en algo bello

15 Sep

Publicado en la edición de Julio de la revista Misión.

Hay días en los que creo que un bebé chico es el ser más inteligente del mundo. No se esconde de su dolor, cuando le molesta algo grita, o simplemente llora, mostrando una realidad que lo supera.

A medida que vamos creciendo nos van enseñando que llorar no conviene, que debemos ser fuertes, felices, productivos. Los malos sentimientos deben guardarse en un cajón.

Sin embargo, tarde o temprano llegan aquellos momentos que nos superan y, como un niño chico lloramos, gritamos o tenemos reacciones extrañas que poco entendemos. No hay una causa exclusiva para el sufrimiento, como tampoco hay una única forma de sufrir. Hay quienes sufren porque les va mal en un examen, otros porque se pelearon con un amigo, o por una tragedia familiar. Algunos cuando están tristes lloran a mares, otros se encierran, hay quienes se ponen violentos, devolviendo los golpes que recibieron al mundo.

Suframos por lo que suframos el dolor nos habla un poco de misterio, de realidades que nos sobrepasan, ya sea porque no las entendemos o porque nuestra condición humana nos hace limitados a la hora de expresarlas. Quizás por eso es que la adolescencia está plagada de tanto drama: debemos poco a poco ir enfrentándonos al desconocido mundo de los adultos, como también – en muchos casos – se nos presentan los primeros tragos amargos de la vida.

Por más masoquista que suene, considero la capacidad de sufrir un privilegio, no porque ame al sufrimiento en sí, sino porque me demuestra que estoy viva, y que la realidad no me resulta indiferente, ¿Cuántos hay que en cambio levantan una muralla y endurecen su corazón?

En el medio de la oscuridad – o cuando tomo un poco de distancia y reflexiono sobre ella- descubro la luz que hay en mí, aquella fuerza que me mueve a seguir y seguir, y que solo puede provenir de Dios.

No todo es perfecto siempre, de vez en cuando me abraza la locura, el llanto infantil se transforma en una tormenta que me hace sentir sola, incomprendida y un poco loca. Como el niño siento que no sé hablar, las palabras no alcanzan. Solo después de salir es que me siento afortunada, porque puedo aprender algo e identificarme con la locura de los demás, entender porqué las personas hacen lo que hacen.

Cada cual tiene sus llantos, el problema es que hay algunos que parecen no terminar. Vivimos en una sociedad que nos llama al individualismo, a pensar que nuestros problemas no le interesan a nadie, simplemente molestan. ¡Hay tantos que guardan el dolor para que luego explote de las maneras más extrañas! O que huyen de él, tapándolo con autodestrucción de todo tipo.

Desde la Fe podemos ver al sufrimiento de distintas maneras. Hay quienes, a raíz de una tragedia inesperada pierden la Fe, o reclaman y reprochan a Dios por su desgracia. Otros, glorifican al sufrimiento, lo ven como la máxima vía para alabar a Jesús, endiosan la Cruz como el único camino a la Salvación.

No creo que glorificar al sufrimiento sea un buen camino para alabar a un Dios que haciéndose hombre derramó hasta la última gota de su sangre para crear un mundo más humano y feliz.

Incluso desde la Fe resulta muy difícil darle una explicación y un sentido al dolor. Cualquier intento resulta limitado. No podemos definir con seguridad qué sucesos son causa de Dios y cuales de las malas decisiones del hombre. Sin embargo, lo que sí podemos hacer es, a raíz del ejemplo de Jesús, cambiar nuestra manera de enfrentar y ver las cosas.

La vida de Jesús me presenta el ejemplo perfecto a la hora de enfrentar el sufrimiento. Cuesta, pero es el camino que garantiza la felicidad. A través de su vida Jesús nos invita a aceptar lo que nos toca, no con resignación, sino con un corazón abierto. A seguir y seguir caminando a pesar de todo, aprendiendo de las circunstancias de nuestra vida, confiando que tarde o temprano la resurrección llega. También nos invita a querer a todos, librándonos del rencor o el miedo a ser lastimados que muchas veces nos ata. Por último nos llama a no permanecer indiferentes al dolor de otros, estando siempre atentos a lo que podamos dar a los demás.

Definir la forma en que los Católicos debemos vivir el sufrimiento parece una tarea imposible. Cada cual tiene la suya. Sin embargo creo que nuestro mayor desafío es, a nuestra manera, invitar a quienes nos rodean a vivir con más esperanza, y reflejar, que detrás de cada dolor se encuentra el Reino, si con confianza nos ponemos en manos de Dios y dejamos que transforme todo en algo bello.

MECS

La Intolerancia de los Intolerados

14 Jul

Hace poco más de un día que los dichos de la Dra. Mercedes Rovira, futura rectora de la Universidad de Montevideo, causaron revuelo. Si bien la situación me generó impresiones preferí no emitir una opinión apresurada. Cuando hay tantas sensibilidades en juego siempre corremos el riesgo de que lo que decimos colabore para formar una gran bola de nieve que al final nos termine conduciendo a un camino muy distinto al que nos hubiese gustado.

Más allá de que -a pesar de ser sacados de contexto y producto de una provocación- los dichos de Rovira me parecen inoportunos e inaceptables, hay dos aspectos relacionados a la trascendencia que tuvo el tema que me preocupan.

En primer lugar la hipocresía. Todos sabemos que el odio y la discriminación existen, y que dentro de nuestras instituciones hay varios que comparten la mentalidad que transmitió esta señora, o que promueven otro tipo de discriminación o ideología. Incluso en instituciones públicas. (A modo de ejemplo, hace pocas semanas tuve que hacer un informe sobre la homosexualidad en las Fuerzas Armadas -donde actualmente existen leyes anti-discriminación-y me quedó claro que el rema está lejos de estar resuelto). Sin embargo, la gente usa a Rovira como chivo expiatorio, entreteniéndose un rato con pegarle a ella (seamos sinceros, a la semana la mitad se va a olvidar del tema). Pocos ven el tema que hay de trasfondo; la discriminación existe, y la lucha contra ella es tarea de todos los días. Esto me hace pensar si a la gente le molestó que lo piense o que lo haya dicho. Sospecho que es lo último, y en ese caso, debemos cuestionar nuestra escala de valores, ya que estamos incitando a la hipocresía, a favor de lo políticamente correcto.
Para tender puentes hay que tener en claro que es lo que nos separa, y está bueno saber que en tal o cual lugar se tiene una u otra opinión, no para, como niños inconscientes ser contestatarios, sino para analizar el trasfondo detrás de todo y entender (que es el primer paso para resolver).

En segundo lugar, me molesta la ola de odio que este hecho generó hacia el Opus Dei y la Iglesia Católica en general. Parece que hay sectores que tienen más inmunidad que otros a la hora de discriminar. Combatir odio con odio nunca fue una buena estrategia, y todos sabemos que la generalización es la piedra fundamental a la discriminación.
Esto me recuerda a que, hace unos meses, en una marcha convocada por Ovejas Negras sobre un tema que nada que ver tenía con la Iglesia, vi unas transexuales vestidas de monjas, en clara actitud de burla. Obviamente nadie denunció este hecho de ofensivo y discriminatorio. Tampoco parece racional decir, a raíz de esto, que todos los homosexuales o transexuales están ensañados con la Iglesia.

La única verdadera forma de combatir cualquier tipo de discriminación es poniéndonos en el lugar del otro, entendiendo (por más que cueste), la posición en la que se encuentra, buscando tender puentes más allá de nuestras emociones y de las generalizaciones que podamos hacer. De lo contrario vencemos un tipo de discriminación, pero damos paso a otra. O, a raíz de discursos y normas políticamente correctos,  evitamos ver el verdadero problema que hay de fondo.

M.