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Más allá de las máscaras

23 May

 

Confieso una cosa, los discursos sobre la diversidad me molestan. No porque no esté de acuerdo en que todos merezcamos un lugar a pesar de nuestras diferencias,  sino porque tienden a reducir el término, lo hacen superficial. Diverso pasa a ser una orientación sexual diferente a la “norma” (y manifestada de una cierta manera), o una minoría étnica o racial. Creo que en el fondo todos esos discursos -de manera inconsciente- obvian lo diverso dentro de lo diverso, y la diversidad que está dentro de cada uno de nosotros.

Si ráscas un poco, todos somos distintos.

Todos tenemos esos mini detalles que nos hacen únicos, diferentes.  A veces parece que esos detalles molestan, ¿Cuántos de los defectos  que nos pesan son de verdad defectos y cuantos son solo eso que nos aparta del molde? Tenemos incorporado el balde de que ser de una determinada forma nos va a hacer triunfar, y si no cumplimos en hasta el mínimo detalle, es un problema. El sistema educativo parece una fábrica más que un lugar donde cultivar mentes; nos llenamos de medicamentos porque ser ansioso está mal y si no estamos todo el día felices (como deberíamos estarlo) algo no está funcionando.

Vivimos en la cultura de lo uniforme, cada cosa dentro de nosotros o dentro de los demás que no se adapta al modelo ideal es un problema o es tan distinta que la encasillamos dentro  de categorías bien delimitadas, o en molde de “lo diverso” para sacarnos el problema de encima.

¿Cuánto más lindo será valorar lo que tenemos de distinto? ¿O canalizar lo que nos inquieta para convertirlo en algo positivo?

Creo que cada uno tiene algo único para dar. Algo que si no lo damos nosotros nadie lo va a poder dar de la misma manera. ¿Porqué desperdiciar tanta energía queriendo ser todos iguales? ¿Porqué exigirles a los demás que sean iguales a nosotros cuando podrían dar mucho más siendo como son?

Mejor sería buscar ser auténticos, valorar a cada uno por lo que es y no esperar que la gente sea lo que no tiene que ser. Descubrir, en medio de todo, lo que de verdad nos une y los objetivos comunes para los que podemos ofrecer nuestras virtudes.

Si rascás un poco, todos somos distintos. Si rascás un poco más somos todos los mismos.

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Mujeres!

27 Mar

Este marzo- como tantos otros luego de que el 8 de marzo 1911 se celebró por primera vez el Día Internacional de la Mujer- nos invita a reflexionar sobre el papel que las mujeres juegan y jugamos en la sociedad de hoy, en los derechos conseguidos y las luchas que aún hoy quedan por enfrentar.

Cuando era chica- un poco más que ahora- cayó en mis manos un libro de feminismo escrito especialmente para niñas y adolescentes. Lamentablemente no recuerdo su nombre, ni el de su autora. De lo que si me acuerdo es que el planteo de un mundo en el que la dignidad de hombres y mujeres era tomada por igual me llegó. Con 12 o 13 años me creía feminista.

Hoy en día, siento la necesidad de abrir el paraguas antes de identificarme con the F word, y no porque deje de pensar que las mujeres tienen que ser respetadas y reconocidas. Sino porque en el imaginario colectivo la palabra “feminismo” se asocia a la ideología de unas pocas, que contradice- y en ocasiones desprecia- varias de mis opciones de vida. Incluso diarios reconocidos y figuras públicas la vinculan a hordas de hembras enfurecidas levantando carteles de aborto legal y mujeres que despotrican al género masculino y tienen un sentido estético poco privilegiado. Se olvidan los valores promovidos por las primeras feministas que nada tienen que ver con el hembrismo exacerbado.

Algo que considero falta- y mucho- en el debate sobre el rol de la mujer hoy en día, es definir a que tipo de mujer estamos defendiendo. Obviamente abrir este debate se puede prestar a innumerables discusiones ideológicas sin fin, sin embargo me parece sumamente necesario. En un gran número de casos se está luchando para masculinizar a las mujeres (o por lo menos esto termina siendo el resultado), abriéndoles las puertas para ocupar roles tradicionalmente reservados para hombres, pero, a cambio haciéndolas dejar de lado su femeneidad. En este caso, sin darnos cuenta, estamos reforzando la supremacía del género masculino y silenciosamente propagando el mensaje: para ser fuerte o tener éxito hay que hacerse hombre.

La sensibilidad tradicionalmente asociada a las mujeres sigue siendo una virtud de segundo grado. La maternidad, delicadeza y ternura, considerados atributos lindos para sacar a luz en casa, en la iglesia, con amigos o en el psicólogo, pero pocas veces son vistos como deseables y constructivos para la sociedad. Se los vincula a la debilidad en vez de abrir los ojos y entender la fortaleza que implica ser mamá u ofrecer consuelo a quienes más lo necesitan.

La única forma verdadera de reivindicar a las mujeres en nuestra sociedad y en la historia es reconociendo lo valioso del “ser mujer” sin disminuir las cualidades positivas de lo masculino. Solo así, hombres y mujeres vamos a poder sacar lo mejor de cada uno y crecer social y profesionalmente sin necesidad de máscaras, miedos y presiones.

Para terminar quería dejarles una cita de María Teresa Porcile que saqué de un libro espectacular que estoy leyendo (“María Teresa Porcile, una mujer con ojos de fuego”), me parece que ilustra mejor que nada lo que quiero transmitir:

“Educar la sensibilidad, rescatar el valor de lo afectivo (ser capaces de ser afectados) y el valor de la vulnerabilidad (ser capaces de ser heridos) es tarea fundamental para afectar el rumbo de la historia y sanar tantas heridas entre los seres humanos. Muchísimas veces las pautas de ‘educación’, de ‘crecimiento’, han sido desensibilizar, ‘hacerse duro’. Allí situamos lo de ‘los hombres no lloran’, tan frecuente en la sociedad latinoamericana. Y la experiencia nos dice que ‘no lloran’ a fuerza de alcohol, de una insensibilidad creciente (embrutecimiento), que nos lleva a la violencia, a golpear o matar a sus mujeres y a sus hijos. ¿Cómo se traslada este comportamiento desde el ámbito doméstico al social, al público? Una educación que tenga en cuenta la sensibilidad ‘humana’- en la que lo femenino es parte privilegiada- es necesaria para un mundo ‘más humano'”- María Teresa Porcile


M.