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Heráclito, Parménides y yo

10 Jul

Desde que me acuerdo tengo la costumbre de hacer planes.

Como un niño que juega en la arena construyo futuros imaginarios: casas en las que voy a vivir, lugares que voy a visitar, hijos que voy a tener, nombres que les voy a poner…

Con el tiempo me di cuenta que como la frágil arena los futuros imaginarios se derrumban para dar paso a nuevas fantasías o realidades. Como dijo Heráclito lo único que permanece es el cambio. Yo voy cambiando, mis circumstancias, mi mentalitad, mi manera de ver las cosas… Se presentan nuevas y mejores oportunidades, o, vienen hechos inesperados que nos dan vuelta a todos…
A veces las cosas son mejor así de diferentes, otras no queda otra que aceptar la realidad..

¡Por suerte los castillos que construimos son de arena y no de piedra! Dando paso a que con cada estación o cada tormenta construyamos algo nuevo.

Sin embargo, como dijo Parménides hay algo que siempre permanece. O que tiene que permanecer…
Muchas veces veo a personas de mi edad- cada tanto yo incluída- que viven la vida como una lista de requisitos a cumplir para llevar una vida completa o ser feliz: estudiar X carrera, tener un trabajo, viajar, tener hijos, etc.
La lista varía con cada persona pero no demasiado.
En el fondo se que lo que importa no es la cantidad de items de la lista con los que cumplamos, sino la manera en la que hagamos lo que nos toca hacer. Esa esencia con la que hacemos las cosas, intangible y casi imposible de definir, es lo que debe permanecer, y donde radica la verdadera felicidad.

Me es imposible predecir la forma que va a tener mi castillo al final, y creo que ahí radica parte de la diversión de la vida. Tampoco puedo adivinar las tormentas que lo van a azotar, o las locas ocurrencias que me harán decidir cambiar de planes…Sin embargo, confío en que su belleza no radica en como se ajusta a planes imperfectamente perfectos sino que está en descubrir aquello que permanece, aprendiendo, con el corazón abierto, de todo lo que nos toca…y seguir, y seguir construyendo…


M.

Mujeres!

27 Mar

Este marzo- como tantos otros luego de que el 8 de marzo 1911 se celebró por primera vez el Día Internacional de la Mujer- nos invita a reflexionar sobre el papel que las mujeres juegan y jugamos en la sociedad de hoy, en los derechos conseguidos y las luchas que aún hoy quedan por enfrentar.

Cuando era chica- un poco más que ahora- cayó en mis manos un libro de feminismo escrito especialmente para niñas y adolescentes. Lamentablemente no recuerdo su nombre, ni el de su autora. De lo que si me acuerdo es que el planteo de un mundo en el que la dignidad de hombres y mujeres era tomada por igual me llegó. Con 12 o 13 años me creía feminista.

Hoy en día, siento la necesidad de abrir el paraguas antes de identificarme con the F word, y no porque deje de pensar que las mujeres tienen que ser respetadas y reconocidas. Sino porque en el imaginario colectivo la palabra “feminismo” se asocia a la ideología de unas pocas, que contradice- y en ocasiones desprecia- varias de mis opciones de vida. Incluso diarios reconocidos y figuras públicas la vinculan a hordas de hembras enfurecidas levantando carteles de aborto legal y mujeres que despotrican al género masculino y tienen un sentido estético poco privilegiado. Se olvidan los valores promovidos por las primeras feministas que nada tienen que ver con el hembrismo exacerbado.

Algo que considero falta- y mucho- en el debate sobre el rol de la mujer hoy en día, es definir a que tipo de mujer estamos defendiendo. Obviamente abrir este debate se puede prestar a innumerables discusiones ideológicas sin fin, sin embargo me parece sumamente necesario. En un gran número de casos se está luchando para masculinizar a las mujeres (o por lo menos esto termina siendo el resultado), abriéndoles las puertas para ocupar roles tradicionalmente reservados para hombres, pero, a cambio haciéndolas dejar de lado su femeneidad. En este caso, sin darnos cuenta, estamos reforzando la supremacía del género masculino y silenciosamente propagando el mensaje: para ser fuerte o tener éxito hay que hacerse hombre.

La sensibilidad tradicionalmente asociada a las mujeres sigue siendo una virtud de segundo grado. La maternidad, delicadeza y ternura, considerados atributos lindos para sacar a luz en casa, en la iglesia, con amigos o en el psicólogo, pero pocas veces son vistos como deseables y constructivos para la sociedad. Se los vincula a la debilidad en vez de abrir los ojos y entender la fortaleza que implica ser mamá u ofrecer consuelo a quienes más lo necesitan.

La única forma verdadera de reivindicar a las mujeres en nuestra sociedad y en la historia es reconociendo lo valioso del “ser mujer” sin disminuir las cualidades positivas de lo masculino. Solo así, hombres y mujeres vamos a poder sacar lo mejor de cada uno y crecer social y profesionalmente sin necesidad de máscaras, miedos y presiones.

Para terminar quería dejarles una cita de María Teresa Porcile que saqué de un libro espectacular que estoy leyendo (“María Teresa Porcile, una mujer con ojos de fuego”), me parece que ilustra mejor que nada lo que quiero transmitir:

“Educar la sensibilidad, rescatar el valor de lo afectivo (ser capaces de ser afectados) y el valor de la vulnerabilidad (ser capaces de ser heridos) es tarea fundamental para afectar el rumbo de la historia y sanar tantas heridas entre los seres humanos. Muchísimas veces las pautas de ‘educación’, de ‘crecimiento’, han sido desensibilizar, ‘hacerse duro’. Allí situamos lo de ‘los hombres no lloran’, tan frecuente en la sociedad latinoamericana. Y la experiencia nos dice que ‘no lloran’ a fuerza de alcohol, de una insensibilidad creciente (embrutecimiento), que nos lleva a la violencia, a golpear o matar a sus mujeres y a sus hijos. ¿Cómo se traslada este comportamiento desde el ámbito doméstico al social, al público? Una educación que tenga en cuenta la sensibilidad ‘humana’- en la que lo femenino es parte privilegiada- es necesaria para un mundo ‘más humano'”- María Teresa Porcile


M.

Gracias por las energías

13 Nov

En un año tan acelerado como este, cuándo a principios de noviembre la gente anda por las calles como si fuesen los últimos días del año (Los accidentes de tránsito lo demuestran), uno cae en la tentación de entrar en recuentos apresurados.

Me gusta ponerme objetivos a principio de cada año. Es una buena forma de ver hasta donde quiero llegar y lo que logré el año anterior. Sin embargo, caigo muy a menudo en la tentación de defraudarme cuando no cumplo los ‘objetivos’, o cuándo las cosas que en algún momento quise salieron mal, evitando así estar agradecida por todo lo que sí logré.

Si hay algo que no le faltó a este año mío fue el cansancio. Cansancio más que nunca. De todo tipo y color.

A la gente le encanta decir que está cansada. Se queja de que lo está,  parece que estarlo les sirve como carta justificativa para no hacer nada, para recibir compasión desmedida del resto de la gente(como si ellos no estuvieran en la misma), o para hacer de cuenta que están ‘haciendo algo’.

Sin embargo, entre tanto cansancio descubrí que no hay nada como cuando a pesar del agotamiento no perdemos la energía, la dedicación y la sonrisa. Tengo la sensación de que estoy un paso más cerca de encontrar mi vocación y lo que me hace verdaderamente feliz.

Me siento una privilegiada por, entre tanta locura, y obligaciones apiladas, poder encontrar lo que de verdad vale la pena.

M.

El que no arriesga, pierde.

9 Ago

Siempre que lo agarro me divierte mirar el segmento de ‘Salven el Millón’ del programa de Susana Giménez (soy malísima describiendo juegos, asique para aquellos que no lo conozcan acá esta la descripción) . Con mis hábitos televisivos esto se traduce a un total de tres o cuatro veces en las que vi el programa, que me sobraron para reforzar mi convicción de que el que no arriesga no gana pierde. Quien se juega a lo seguro, y tras la mínima duda divide la plata entre las distintas opciones, después de varias rondas termina perdiendo todo, o quedándose con una suma que parece insignificante al lado del millón prometido.

Quizás el problema esté en que las personas creen que el millón es suyo antes que termine el juego, aferrándose a cada fajo de billetes como si fuera su única salvación, dividiendo, ante el riesgo de perder todo, lo van perdiendo de a poquito. Seguramente esta inferencia mía sea un poco disparatada o exagerada, pero no se separa mucho de como vivimos nuestra vida (Comparando la vida con un segmento del programa de Susana, me pasé de intelectual…).

No nos damos cuenta, que en realidad en la vida la mitad de las cosas que nos jugamos no son nuestras. Si nos ponemos a pensar, ni siquiera nuestra vida misma nos pertenece cien por ciento. No se trata de una postura religiosa o filosófica, no hay nada en el futuro que tengamos garantizado. Y no es raro de que muchas de las cosas que consideremos “poner en riesgo”, no nos pertenezcan del todo, o cambien más allá de que ‘demos el paso’ o no. Las circunstancias siempre cambian, así que si tenemos una oportunidad lo mejor que podemos hacer es agarrarla antes que sea demasiado tarde.

También es clásico ahogarnos en un vaso de agua, o creer que tenemos todo para perder, cuando en realidad no tenemos nada. Quizás el único riesgo esté en enfrentar nuestros miedos, o darnos cuenta de que las cosas no eran como pensábamos.

No, no soy fan a muerte del Carpe Diem. Me gustan los planes, a veces demasiado. Creo que hay cosas en la vida que hay que cuidarlas. Pero me parece que veces nos paralizamos demasiado, o le damos demasiada trascendencia a cosas insignificantes.

Creo en Dios, por lo que creo que hay un plan. Una vida ideal que nos garantiza la máxima felicidad. Evitarla parece absurdo, una pérdida de tiempo. Obvio que es difícil discernir, pero si no damos el paso nunca lo vamos a descubrir. Si nos quedamos de brazos cruzados, caprichosamente abrazando cosas que no nos corresponden y que a la larga van a desaparecer, nunca vamos a conseguir eso tan bueno que nos espera.

M.

Hoy

1 Ago

Con el tiempo aprendí que saborear la victoria por anticipado es la peor derrota de todas.

Hoy solo quiero vivir la vida paso a paso; sin hacerme esclava del presente, pero tampoco del futuro.

Quiero jugar todas mis batallas, sin perder alguna por ausencia. El que no arriesga no gana, dicen; yo creo que pierde mil veces más.

Sobre todas las cosas, quiero poder adaptarme a todas las circunstancias. Enfrentarme a lo que me toque con paciencia y dignidad.

Ningún fracaso es fracaso si nos ayuda a seguir caminando. Ningún triunfo es triunfo si nos invita a la inercia.

M.

Se trata de como hacemos las cosas…

9 Jul

Quizás una de las incógnitas más grandes de cualquier jóven que esté abandonando la adolescencia sea el tema de la vocación. El ¿Que querés ser cuando seas grande? atormenta a más de uno, tanto así, que todos conocemos a varias personas que se cambiaron de carrera, y las dudas (incluso cuando se ha avanzado) escapan solo a un par de privilegiados.

Hay días en que me siento más perdida que nunca, sin embargo, mirando atrás me doy cuenta que algo aprendí, y que ante la duda el único camino es seguir adelante…

Porque la vocación se descubre sobre la marcha, y sin embargo, nunca tuvimos más claro lo que queríamos que cuándo eramos niños. El camino simplemente yace en deshacer la amnesia, y descubrir lo que el niño que todos tuvimos y tenemos nos quiere decir.

Se descubre sobre la marcha porque es única y personal. No sirven los caminos predeterminados. Las carreras universitarias, si bien pueden resultar útiles para encaminarnos o darnos herramientas, traicionan al sugerir que pueden darnos la solucion perfecta. La vocación es algo de cada uno, las palabras y categorías nunca alcanzan a definirla…

No se trata tanto solo de lo que hacemos, sino de cómo lo hacemos.

Y esta forma de hacer, tiene la costumbre de esconderse detrás de mil máscaras,  en las que la ejercemos y descubrimos.

Su indicador infalible es la felicidad. Felicidad que va más allá de una sonrisa imborrable y tiene que ver con sentirnos bien con lo que hacemos. Tener la necesidad de hacerlo más allá de cualquier tipo de cansancio o limitación.

Tengamos la vocación que tengamos, la experiencia me dice que a la hora de ejercerla nunca puede faltar el amor, hacia lo que hacemos y hacia las personas con quienes compartimos nuestro trabajo. Tampoco conviene que esté ausente la humildad. El confundir amor propio con soberbia es un error demasiado típico, y la verdad nunca llevó a nadie a algún lugar que valga la pena…

M

“Two roads diverged in a wood, and I—

I took the one less traveled by,

And that has made all the difference.”

-Robert Frost, ‘The Road Less Travelled’


Vivir en Verdad

30 Abr

La resurrección de Cristo es un misterio  tan inmenso que siento que solo puedo comprenderlo cerrando los ojos y dejando que se me meta en la piel.  Año a año la celebración es la misma, pero  es distinta. Nosotros cambiamos,  tenemos la necesidad de renacer a cosas nuevas.

¡Es tan contradictoria la resurrección! morimos, renacemos, y sin embargo somos los mismos. Descartamos lo accesorio en búsqueda de una vida verdadera. Parte de nosotros ansía el cambio con una inmensa adrenalina, otra llora lo que fue, o se aferra a ello por miedo a lo desconocido que está por venir. Hay días que duele tanto que hasta me pregunto si vale la pena, pero en el fondo se que es inútil, que quedarme ahí sería poco auténtico, quizás aún más doloroso.

Porque la resurrección de alguna forma es la búsqueda de la autenticidad. Recorremos esta vida con el llamado a ser auténticos, nos late en las venas y sin embargo ¡cuántas veces lo ignoramos! Es tanta la incomprensión que conlleva serlo, y tantos los caminos alternativos que se nos ofrecen. Nuestra necesidad de amor nos hace vulnerables. Y sin embargo, solo con el amor podemos seguir. Ese amor en serio que se ve reflejado en los ojos de quienes quieren vivir en verdad. Que vence al miedo, no porque lo suprima, sino porque lo acepta como parte natural de nuestra vida, con paz y sin resignación.

M

‎”Frente a la resurrección se hallan nuestras respuestas” Hermano Roger de Taizé