Transformando el llanto en algo bello

15 Sep

Publicado en la edición de Julio de la revista Misión.

Hay días en los que creo que un bebé chico es el ser más inteligente del mundo. No se esconde de su dolor, cuando le molesta algo grita, o simplemente llora, mostrando una realidad que lo supera.

A medida que vamos creciendo nos van enseñando que llorar no conviene, que debemos ser fuertes, felices, productivos. Los malos sentimientos deben guardarse en un cajón.

Sin embargo, tarde o temprano llegan aquellos momentos que nos superan y, como un niño chico lloramos, gritamos o tenemos reacciones extrañas que poco entendemos. No hay una causa exclusiva para el sufrimiento, como tampoco hay una única forma de sufrir. Hay quienes sufren porque les va mal en un examen, otros porque se pelearon con un amigo, o por una tragedia familiar. Algunos cuando están tristes lloran a mares, otros se encierran, hay quienes se ponen violentos, devolviendo los golpes que recibieron al mundo.

Suframos por lo que suframos el dolor nos habla un poco de misterio, de realidades que nos sobrepasan, ya sea porque no las entendemos o porque nuestra condición humana nos hace limitados a la hora de expresarlas. Quizás por eso es que la adolescencia está plagada de tanto drama: debemos poco a poco ir enfrentándonos al desconocido mundo de los adultos, como también – en muchos casos – se nos presentan los primeros tragos amargos de la vida.

Por más masoquista que suene, considero la capacidad de sufrir un privilegio, no porque ame al sufrimiento en sí, sino porque me demuestra que estoy viva, y que la realidad no me resulta indiferente, ¿Cuántos hay que en cambio levantan una muralla y endurecen su corazón?

En el medio de la oscuridad – o cuando tomo un poco de distancia y reflexiono sobre ella- descubro la luz que hay en mí, aquella fuerza que me mueve a seguir y seguir, y que solo puede provenir de Dios.

No todo es perfecto siempre, de vez en cuando me abraza la locura, el llanto infantil se transforma en una tormenta que me hace sentir sola, incomprendida y un poco loca. Como el niño siento que no sé hablar, las palabras no alcanzan. Solo después de salir es que me siento afortunada, porque puedo aprender algo e identificarme con la locura de los demás, entender porqué las personas hacen lo que hacen.

Cada cual tiene sus llantos, el problema es que hay algunos que parecen no terminar. Vivimos en una sociedad que nos llama al individualismo, a pensar que nuestros problemas no le interesan a nadie, simplemente molestan. ¡Hay tantos que guardan el dolor para que luego explote de las maneras más extrañas! O que huyen de él, tapándolo con autodestrucción de todo tipo.

Desde la Fe podemos ver al sufrimiento de distintas maneras. Hay quienes, a raíz de una tragedia inesperada pierden la Fe, o reclaman y reprochan a Dios por su desgracia. Otros, glorifican al sufrimiento, lo ven como la máxima vía para alabar a Jesús, endiosan la Cruz como el único camino a la Salvación.

No creo que glorificar al sufrimiento sea un buen camino para alabar a un Dios que haciéndose hombre derramó hasta la última gota de su sangre para crear un mundo más humano y feliz.

Incluso desde la Fe resulta muy difícil darle una explicación y un sentido al dolor. Cualquier intento resulta limitado. No podemos definir con seguridad qué sucesos son causa de Dios y cuales de las malas decisiones del hombre. Sin embargo, lo que sí podemos hacer es, a raíz del ejemplo de Jesús, cambiar nuestra manera de enfrentar y ver las cosas.

La vida de Jesús me presenta el ejemplo perfecto a la hora de enfrentar el sufrimiento. Cuesta, pero es el camino que garantiza la felicidad. A través de su vida Jesús nos invita a aceptar lo que nos toca, no con resignación, sino con un corazón abierto. A seguir y seguir caminando a pesar de todo, aprendiendo de las circunstancias de nuestra vida, confiando que tarde o temprano la resurrección llega. También nos invita a querer a todos, librándonos del rencor o el miedo a ser lastimados que muchas veces nos ata. Por último nos llama a no permanecer indiferentes al dolor de otros, estando siempre atentos a lo que podamos dar a los demás.

Definir la forma en que los Católicos debemos vivir el sufrimiento parece una tarea imposible. Cada cual tiene la suya. Sin embargo creo que nuestro mayor desafío es, a nuestra manera, invitar a quienes nos rodean a vivir con más esperanza, y reflejar, que detrás de cada dolor se encuentra el Reino, si con confianza nos ponemos en manos de Dios y dejamos que transforme todo en algo bello.

MECS

2 comentarios to “Transformando el llanto en algo bello”

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